Hoy te presento a Manuela.
Es un persona ficticio, pero que nos va a servir para contarte algo muy interesante.
Bien. Manuel no pensaba que le fuera mal en la vida.
Tenía trabajo.
Tenía responsabilidades.
Tenía gente que dependía de ella.
Se miraba al espejo y se veía mona.
Sin embargo, le faltaba algo. Energía
Y lo curioso es que no sabía explicarlo.
Solo sentía que todo pesaba más de lo normal.
Con el tiempo, Manuela entendió que no le faltaba fuerza ni ganas.
Le faltaban habilidades básicas para la vida.
Cinco, para ser exactos.
1. Dirección: cuando no sabes hacia dónde vas, todo cansa
Manuela hacía muchas cosas…
pero no sabía muy bien para qué.
Decía que sí a casi todo.
Cambiaba de idea con frecuencia.
Se comparaba más de lo que quería admitir.
No era falta de capacidad.
Era falta de dirección.
Cuando Manuela empezó a decidir qué era importante para ella y qué no, algo cambió.
No desaparecieron los problemas, pero desapareció el ruido.
Por primera vez, dejó de sentir que vivía a la deriva.
2. Fuego vital: recuperar las ganas sin quemarse
Durante un tiempo, Manuela pensó que estaba desmotivada.
Luego entendió que lo que tenía era el fuego mal usado.
O iba acelerada y emocionalmente agotada…
o estaba apagada y sin ilusión.
Aprender a regular su fuego vital fue clave.
Volvió a disfrutar sin excesos.
A ilusionarse sin perderse.
A conectar sin agotarse.
El fuego bien usado no quema.
Da vida.
3. Sostén: aprender a no romperse por dentro
Manuela era fuerte. Eras de esas mujeres que se echa muchas cosas a la espalda.
Había aprendido a aguantar, pero no a sostenerse.
A empujar, pero no a cuidarse.
Su cuerpo empezó a hablarle.
Cansancio.
Tensión.
Pequeños avisos que antes ignoraba.
Cuando Manuela entendió que el sostén no es debilidad, sino base, todo se volvió más estable.
Aprendió a cuidarse sin culpa y a respetar sus límites físicos y emocionales.
Y eso le dio una seguridad que no había tenido nunca.
4. Orden y límites: decir no también es una forma de libertad
Manuela vivía con demasiadas cosas abiertas.
Demasiada agenda social.
Demasiados compromisos.
Demasiadas tareas.
Demasiadas conversaciones pendientes.
El desorden no siempre se veía, pero se sentía.
Aprender a poner orden y límites le devolvió claridad.
Empezó a cerrar etapas.
A decir no sin explicarse tanto. A no justificarse.
A simplificar.
Y descubrió algo importante:
el orden no aprieta, libera.
5. Calma y profundidad: parar para ver claro
Manuela tenía prisa… sin saber muy bien hacia dónde.
Pero prisa se le veía que tenía.
Vivía reaccionando.
Pensando demasiado.
Decidiendo desde el cansancio.
Cuando empezó a parar de verdad, apareció la calma.
Y con ella, la profundidad.
No se volvió lenta.
Se volvió precisa.
Tomó mejores decisiones.
Escuchó más su intuición.
Dejó de huir de sí misma.
Dejó de ir sin prisa.
Lo que Manuela entendió al final y a muchas personas les cuesta entender.
Que una vida libre y abundante no se construye haciendo más.
Se construye usando mejor tu energía.
Estas cinco habilidades no le cambiaron la vida de golpe.
La ordenaron.
Y cuando la vida se ordena, todo fluye con menos esfuerzo:
las relaciones, el trabajo, el dinero y la salud.
Tal vez Manuela no seas tú… pero quizá te suene
La mayoría de personas no necesita más motivación.
Necesita guía.
Aprender estas cinco habilidades no te hace perfecto.
Te devuelve a tu centro.
Y desde ahí, la libertad y la abundancia dejan de ser una idea lejana para convertirse en algo posible y real.
Porque vivir bien no es cuestión de suerte.
Es cuestión de aprender a usar bien tu energía.
Un abrazo
Luis Pascasio