Hoy honrando la energía de mi padre te hablaré de Eustaquio. Este nombre lo utilizaba en alguna de sus bromas. Mi padre era muy inteligente, y con un humor muy fino. Así, que lo utilizaré para lo que te quiero contar.

Eustaquio era buena persona.
Trabajador. Responsable. De los que cumplen.

Y estaba agotado.

No dramáticamente agotado.
No de esos que se caen redondos.

Era peor: cansancio elegante, del que no se nota pero te roba la alegría.

Eustaquio vivía así:
– siempre ocupado
– siempre pensando
– siempre con la sensación de que algo no cuadraba

Y un día dijo la frase clásica:
“Si lo tengo todo… ¿por qué carajo me siento así?”

El día que Eustaquio se dio cuenta de que vivía contra la naturaleza

Un sábado por la mañana, Eustquio salió a caminar.
No por placer. Eustaquio no tenía energía para eso.

Salió por prescripción médica informal: “sal a que te dé el aire”.

Mientras caminaba, vio algo curioso.

Un árbol.

Ahí estaba. Quieto.
Sin prisas.
Sin objetivos trimestrales.

Sin pagos de IVA ni IRPF trimestrales.

Y aun así…ahí estaba el árbol, creciendo.

Fue entonces cuando Eustaquio pensó:
“Este árbol vive mejor que yo.”

Y no iba desencaminado.

Primera lección: la dirección no se negocia

El árbol no dudaba hacia dónde crecer. Ningún árbol lo hace. Simplemente crece.
No se comparaba con el de al lado.
No cambiaba de dirección cada lunes.

Eustaquio sí.

Vivía reaccionando.
Diciendo sí por inercia.
Cambiando de rumbo por cansancio.

Entendió algo básico: cuando no hay dirección, todo pesa el doble.

La naturaleza no corre sin rumbo.
Y la vida humana tampoco está hecha para eso.

Segunda lección: el fuego bien usado da vida, no quema

Más adelante, el sol empezó a calentar.

Ni demasiado.
Ni demasiado poco.

El calor activaba la vida, pero no la destruía.

Eustaquio recordó sus semanas:
o apagado del todo
o acelerado hasta el límite

Nunca en equilibrio.

Comprendió que el fuego vital no es ir siempre a tope.
Es saber cuándo encender y cuándo bajar la llama.

Porque el fuego mal usado quema.
Y el fuego ausente apaga.

Tercera lección: sin sostén, todo se rompe

Eustaquio se sentó en el suelo.

La tierra estaba ahí.
Sosteniendo todo sin quejarse.

Raíces. Piedras. Árboles. Personas.

Eustaquio llevaba años empujando su vida sin preguntarse si tenía base.

Dormía mal.
Comía rápido.
Se hablaba peor de lo que hablaría a un desconocido.

La naturaleza no empuja sin suelo.
Y él tampoco podía seguir haciéndolo.

Cuarta lección: el orden no es rigidez, es libertad

Siguió caminando y vio hojas secas en el suelo.

El otoño había hecho su trabajo.
Soltar lo que ya no servía.

Eustaquio no soltaba nada:
ni tareas
ni relaciones
ni ideas viejas

Vivía lleno de cosas abiertas.

Entendió algo incómodo: decir no, cerrar etapas y poner límites no te hace egoísta.

Te hace habitable.

Quinta lección: la calma no es parar la vida, es verla clara

Antes de volver a casa, Eustaquio se quedó quieto unos minutos.

Silencio.
Respiración.
Nada más.

Y pasó algo extraño.

Pensó mejor.
Sintió menos ruido.
Vio claro algo que llevaba meses evitando.

La naturaleza no vive siempre hacia fuera.
Tiene invierno.
Tiene pausa.

La calma no te retrasa.
Te afina.

Lo que Eustaquio entendió ese día

Que una vida libre no se consigue esforzándose más.
Se consigue dejando de vivir contra la naturaleza.

Dirección.
Fuego vital.
Sostén.
Orden y límites.
Calma y profundidad.

No eran conceptos bonitos.
Eran funciones naturales que había ignorado.

Y el cuerpo, como buen mensajero, se lo había recordado con cansancio.

Tal vez tú no seas Eustaquio… pero igual te suena

La mayoría de personas no está rota.
Está mal alineada.

A mirado tanto fuera y se ha mirado tan poco dentro, que su vida es un caos.

Vive rápido cuando toca parar.
Empuja cuando toca sostener.
Se exige cuando toca ordenar.

Una vida libre y abundante no se inventa.
Se reordena.

Y la naturaleza lleva siglos dándonos el manual.

Un abrazo
Luis Pascasio

Aprende de la vida de Eustaquio