Hay un momento —no siempre espectacular, no siempre ruidoso— en el que vuelves a tu centro.
Es un momento que llega. No sabes cuando, pero llega
No es euforia.
No es un chute de motivación barata.
Es algo más incómodo… y mucho más poderoso.
Dejas de ir con prisa.
Dejas de justificarte.
Dejas de explicarte demasiado.
Y, curiosamente, todo empieza a ordenarse.
Caminas distinto.
Hablas distinto.
Miras distinto.
Y te ven de manera distinta.
No porque hayas aprendido una técnica nueva, sino porque ya no estás buscando fuera lo que te faltaba dentro.
Cuando una persona recupera su centro, se nota.
No hace falta que diga nada.
Los demás lo perciben como:
- calma
- coherencia
- seguridad
- presencia
No es arrogancia.
No es dureza.
Es solidez.
Es esa sensación de “esta persona está bien consigo misma”.
Y eso atrae. Siempre ha atraído.
Porque cuando estás centrado:
- no empujas
- no persigues
- no negocias contigo mismo
- no te traicionas por encajar
Y lo más curioso es esto:
cuando dejas de necesitar validación, empiezas a recibirla.
Cuando dejas de buscar reconocimiento, apareces y sin querer te muestras.
Cuando dejas de moverte desde el miedo, la vida responde distinto.
No porque el mundo haya cambiado.
Sino porque tú ya no te mueves desde el mismo lugar.
Volver al centro no te hace una persona perfecta.
Te hace coherente.
Y desde ahí, todo empieza a encajar sin esfuerzo.
A todo esto no se llega en dos días, se llega poco a poco. Con acciones alineadas contigo. Enfrentándote a las mentiras que hasta ahora te habías contado.
Recuperar el Dominio de tu vida y sentir de verdad tu poder lo tienes en tu mano, solo depende de ti.
Un abrazo
Luis Pascasio