La obligación de los padres

La obligación de los padres

Vamos a hablar de la mayoría de padres y madres.

De los malnacidos lo haremos otro día. Que son minoría.

Primero la mayoría.

Si tienes descendencia tienes una obligación. Ser su referente.

Los niños aprenden por imitación.

Esto es así menos en la adolescencia que la cosa se complica. Después vuelven al redil.

Pero en general, así seas, así serán tus hijos en cuanto a valores y hábitos.

Decía un profesor, Juan de Mairena, tras preguntarle si sabía mirando al niño si iba a aprobar o no; que le bastaba con mirar la cara al padre.

Pues eso.

Y para ser referente, que es una obligación, lo primero es conocerte.

Porque, seamos claros: no puedes guiar a nadie si tú sigues caminando a oscuras.


No puedes pedirle a tu hijo que gestione sus emociones si tú explotas como un gremlin con hambre.


No puedes pedirle que sea disciplinado si tú pospones tu propia vida hasta nuevo aviso.

Los niños huelen la incoherencia a kilómetros. Son peores que los perros policía: te detectan la mentira emocional antes de que abras la boca.


Por eso ser referente no es un cartel, es un trabajo interno. Es mirarte sin anestesia y decir:


“Vale… ¿qué versión de mí estoy dejando en herencia?”

Y aquí entra Dominium.


Porque tu energía a menudo no está rota, solo está usada al tuntún.


Porque cuando entiendes tu naturaleza —esa mezcla única de elementos, pulsos y tendencias— todo se recoloca.


Dejas de reaccionar como si el mundo te persiguiera y empiezas a actuar desde tu centro.


Eso te convierte, automáticamente, en un faro. Y los faros no gritan: iluminan.

Si tú estás en calma, ellos aprenden calma.
Si tú te ordenas, ellos entienden el orden.
Si tú te tratas con respeto, ellos normalizan el respeto.

Y si tú no lo haces… bueno, luego vienen las facturas emocionales.

Así que la pregunta no es “¿Cómo educo mejor a mis hijos?”
La pregunta real es:


“¿Quién soy yo cuando nadie me mira, y qué aprenden de eso?”

En Dominium trabajamos exactamente eso.
No para que seas perfecto —nadie quiere un padre o una madre de porcelana—
sino para que vivas desde la autenticidad, desde tu centro y dueño de tu energía.

Porque cuando tú vuelves a tu fuego,
ellos encuentran el suyo sin miedo.

Un abrazo

Luis