Ocurrió el año pasado. En Navidad.

Más concreto en Navidad.

A un iluminado se le ocurrió hablar de política.

Antes podías hablar de política. Incluso llamar putero corrupto al putero corrupto.

Ahora si al político corrupto que se gasta tu dinero en putas le dices algo, te llaman facha.

Pues se le ocurrió criticar a un partido.

Y un simpatizante de otro partido pues se cabreó. Subió el volumen de su voz.

Cada uno hablaba desde su sesgo político.

Mira, algo que mide tu nivel de libertad es la gente que te odia, porque las personas no soportan la libertad.

…y ahí está el punto que casi nadie quiere ver.

No odiaban lo que decía.
Odiaban que se atreviera a decirlo.

Porque cuando alguien habla desde su criterio —no desde consignas— incomoda.
Cuando alguien no pide permiso para pensar, molesta.
Cuando alguien no se arrodilla ante ningún bando, despierta odio.

El odio no nace del desacuerdo.
Nace del miedo.

Miedo a que el otro sea libre.
Miedo a que no puedas etiquetarlo.
Miedo a que no juegue a tu juego.

Eso descoloca.

Por eso hoy se odia tanto.
No porque la gente piense distinto.
Sino porque cada vez hay menos personas que se atreven a pensar.

La mayoría no defiende ideas.
Defiende su identidad prestada.
Su camiseta.
Su tribu.
Y cuando alguien cuestiona eso… saltan.

La escena acabó como suelen acabar estas cosas:
mal ambiente, silencios tensos y una comida arruinada.

Pero a mí me dejó claro algo:

El problema no es la política.
El problema es la falta de criterio propio.

Y eso no solo pasa en la política.
Pasa en el trabajo.
En las relaciones.
En la forma de vivir.

Gente repitiendo lo que toca.
Pensando lo que conviene.
Viviendo una vida que no es suya…
y odiando a quien se atreve a salirse del guion.

Por eso Dominium no va de ideas.
Va de volver a ti.

De dejar de vivir desde lo que esperan de ti.
De recuperar tu centro.
Tu fuego.
Tu criterio.

Porque cuando lo haces, algo curioso ocurre:
ya no necesitas convencer a nadie.
Y el odio… deja de importarte.

Un abrazo,
Luis

PD: La libertad no se defiende gritando.
Se vive. Y casi nadie está preparado para verla de cerca.

Te voy a contar una historia de odio